Sobre Limen

Durante los últimos meses estuve escuchando algunas clases de filosofía en italiano. Me resulta una práctica excelente para aprender nuevas expresiones y palabras, además de que la filosofía es un tema que me encanta. Hace unas semanas se habló de Heráclito.

Para mi sorpresa, encontré un pensamiento mucho más profundo de cómo suele enseñarse en el secundario, donde muchas veces se resume toda su filosofía a “todo cambia” y a la famosa idea de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río.

Porque el río no deja de ser el mismo por el cambio. Es justamente ese cambio lo que lo define y compone su identidad. Si el agua dejara de fluir, dejaría también de ser un río.

Heráclito observa constantemente pares que parecen contrarios: día y noche, vigilia y sueño, juventud y vejez, vida y muerte, subida y bajada. Pero le interesa especialmente la relación que existe entre ellos y la manera en que se definen mutuamente.

El despierto duerme. Quien duerme despierta. Un estado existe en relación con el otro. Los contrarios forman parte de un mismo sistema de transformaciones; hay entre ellos una interdependencia.

Y hay también armonía en esa tensión. Una de las imágenes que utiliza Heráclito es la del arco o la lira. La cuerda está sometida a fuerzas que tiran en direcciones contrarias. Si eliminamos esa tensión, el instrumento deja de funcionar. Son justamente esas fuerzas opuestas las que permiten que exista una estructura estable.

Apenas escuché estos conceptos pensé en Limen, el arquetipo que representa a los líquenes, musgos y helechos.

Demasiada luz los quema; demasiada oscuridad los consume.
Se marchitan sin agua, pero también mueren si reciben demasiada.

Son organismos que persisten adaptándose. Pero ese equilibrio no es simplemente un “gris” ni un punto medio entre dos extremos. Es aprender a habitar la tensión que existe entre ellos sin necesitar que uno desaparezca.

Por eso me gusta tanto la imagen de la lira. La armonía no aparece porque la cuerda encuentre un punto neutral, sino porque mantiene la tensión entre dos fuerzas. Sin oposición no hay nota.

Encontré una idea parecida llevada al arte en el sfumato de Leonardo da Vinci. La técnica consiste en suavizar los contornos y producir transiciones tan graduales entre luces, sombras y colores que los límites dejan de sentirse rígidos.

Me interesa especialmente esa idea porque nuestros ojos perciben matices y transiciones, pero nuestra cabeza tiende a separar, delinear y clasificar. Es algo que aparece mucho al aprender a dibujar o pintar: hay que hacer el esfuerzo de dejar de representar lo que creemos que un objeto es para empezar a observar lo que realmente vemos. Dejar de pensar “esto es un jarrón rojo” y empezar a verlo como un conjunto de luces, sombras, reflejos y pequeñas variaciones de color.

Cuando suspendemos por un momento esas categorías, los límites empiezan a volverse menos evidentes. Aquello que nuestra cabeza había dividido en formas y extremos perfectamente definidos aparece, ante los ojos, unido por una infinidad de matices. Una sombra no comienza de golpe, un color se contamina con el que tiene al lado y una forma se pierde lentamente en la oscuridad.

No existe un punto exacto en el que termina la luz y comienza la sombra. Entre ambas aparece la penumbra.

Ahí es donde encuentro a Limen.

El foco está en el equilibrio, pero un equilibrio compuesto. No es eliminar los extremos y quedarse en los grises, es la tensión entre ambos.

Quizás permanecer y conservar nuestra identidad no sea resistirse al cambio. Pero en lugar de eso aprender a cambiar sin perdernos.

Limen habita ese umbral. Allí donde nada es absoluto, donde los límites se vuelven difusos y donde fuerzas aparentemente contrarias encuentran la manera de coexistir.