Los Vanitas fueron un grupo de pintores y artistas del barroco que reflexionaban sobre la fugacidad de la vida y la vanidad de los placeres terrenales. En sus obras solían aparecer escenas llenas de vida: frutas maduras, mesas abundantes, objetos ostentosos. Pero, en medio de todo eso, siempre había un recordatorio silencioso: una calavera, una vela apagada, un reloj de arena, algo que nos recordaba de la muerte y del final inevitable de todo.
La idea era muy clara y muy visual: todo es bello, todo es valioso, pero todo es transitorio. Y eso, lejos de ser algo oscuro, estaba representado de una manera profundamente estética.
Siempre me gustó mucho ese enfoque. Me gustan las calaveras y todo lo que simbolizan, pero nunca quise representarlo de forma tan literal. En Occelo decidí llevar esa idea por otro camino, a través de Mycetum, el arquetipo de los hongos.
¿Por qué los hongos? Porque para mí representan exactamente lo mismo. El hongo es un recordatorio silencioso de que todo vuelve a la tierra. Aparece cuando algo termina, cuando algo se transforma. Es casi como un mensajero: no viene a anunciar algo negativo, sino a señalar que los ciclos existen y que forman parte de la vida.
Esta mirada conecta mucho con la filosofía estoica. Los estoicos hablaban constantemente de nuestras limitaciones, de nuestra fragilidad, de la conciencia de que todo puede perderse y, de hecho, se va a perder. Pero no lo veían desde un lugar pesimista.
Al contrario: como todo es finito y el tiempo es breve, eso es justamente lo que le da valor a las cosas. No es una filosofía para bajonearse ni para pensar que nada tiene sentido. Es exactamente al revés: si todo termina, entonces hagamos que valga la pena. Prestemos atención. Vivamos con intención.
Mycetum está pensado para ese tipo de personas. Para quienes no le tienen miedo a esas ideas. Para quienes encuentran belleza y sentido en comprender los ciclos, la transformación, la fugacidad y la fragilidad.