Para alcanzar el conocimiento y la comprensión es necesaria una profunda introspección. El conocimiento no siempre llega desde afuera hacia adentro, sino que muchas veces se construye en el sentido inverso: desde nuestro interior hacia el mundo.
Desde hace algunos días estuve repasando algunos temas de filosofía, son temas que no veía desde el secundario. Me puse a leer algunos artículos y mirar algunos videos y me llamó la atención la contraposición del Racionalismo con el Empirismo. El empirismo confía en la observación, en la experiencia sensible y en aquello que podemos comprobar a través de los sentidos. El racionalismo, en cambio —particularmente en la figura de Descartes— propone desconfiar de esa primera capa de la experiencia, entendiendo que los sentidos pueden engañarnos, y que la base más firme del conocimiento se encuentra en la razón y en la experiencia interior del pensar.
Desde ya pido perdón por este resumen extremadamente simplificado.
Mi interés no está en analizar estas corrientes como sistemas para explicar el mundo, sino en pensarlas como formas de habitarlo. Y es desde este lugar que encontré una relación con Abyssus. La verdad comienza en la experiencia interior. Es a través de nosotros mismos y nuestro diálogo interno que llegamos a comprender lo que nos rodea. Hay cierta paz en ese diálogo, aunque a veces también nos sea hostil. Es algo privado, cuidado. No busca salir a demostrarse, pero igual se llega a ver en nuestro ser.
Deja de ser una filosofía demostrativa, con intención de convencer a través de la razón. Sino que busca sentido propio a través de la introspección; una filosofía que se practica y que poco requiere ser entendida por otros para tener sentido.
Abyssus, el océano profundo. En la superficie todo es movimiento, ruido, estruendo. La luz se refleja en el oleaje como un espejo mostrándonos el cielo. Pero cuando nos hundimos, la luz se apaga, el sonido disminuye y el movimiento se vuelve invisible.
En la oscuridad la vida se adapta. Sin el Sol, los días dejan de contarse y los sentidos pierden importancia. No es oculto por decisión propia, pero tampoco se lucha por mostrarse. Cuando no hay referencias externas, la única guía que tenemos es interna. Alejándonos del afuera el movimiento se vuelve interno. Y así se encuentra sentido, en una meditación hacia dentro.